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09 June 2007

Chiva, Cuete y Cacharro (Parte 4)

Sin necesidad de torniquete como todo un haipo consagrado
Mayel orgulloso de su pericia inyectora, se dejaba ir 50 líneas; tenía una cicatriz queloide en el antebrazo donde insertaba la jeringuilla; más que una vena, era un gusano surcando la piel.
"El Jarocho" se pinchaba en la yugular con la ayuda de quienes parecían someterlo a martirio apretando su cuello hasta saltar la vena correosa aunque estropeada de tanto absceso. Siendo el último de la fila terminaba siendo el apoderado de la jeringuilla que se disponía a limpiar de sangre o residuo escupiendo en la palma de su mano y succionando la saliva para enjuagar el interior pensaba en su próximo éxodo, en su próximo chantaje, en su próxima encomienda.

"Mayel" contaba que a su hogar llegaban los haipos a punto de la histeria retorciéndose y rogando por cinco líneas o un piojo algodón; con una sonrisa maldita excusaba su perfidia, pues repetía con saña y franqueza a flor de piel, que primero era él, después él y luego él. De todas maneras nadie dejaba de tener esperanzas cuando escaseaba la chiva, pues Mayel terminaba recetando Alprazolam a medio mundo -de aquellas que le habían dado en el Nava cuando se internó la última vez- por eso el mote de “doc” que se gano a costa de su bondad egoísta.
Algunas situaciones y nombres han sido modificados de su esencia real, sin embargo, la trama es verdadera.

22 May 2007

Chiva, Cuete y Cacharro (Parte 3)

Llegaron al "yongo" en ruinas, con escombro y basura por doquier, jeringas viejas y quemadas por el sol, latas de refresco, colillas de cigarro, bolsas de plástico, excremento y ropa interior. Uno de ellos se encogió en cuclillas frente a un bote de aluminio, recortó la lámina en el fondo moldeando una cuchara, en el cacharro vació la carga y sesenta unidades de agua: treinta para él y treinta para el invitado. Cada uno con su cuete, y con un pedazo de filtro (de cigarro) suplantaron al algodón.
Uno de ellos, "dejandose ir" en la muñeca sin necesidad del torniquete -cuestión de venas decían los demás- pensaba en su divorcio. Mientras tanto, el único que no se inyectaba ya había fumado su carga, cabeceando y destilando saliva en un trance de sueño machacón. Los demás nos quedamos en silencio como Zenobio... pensando.
Algunas situaciones y nombres han sido modificados de su esencia real, sin embargo, la trama es verdadera.
Yongo: Picadero, shooting gallery
Cuete: Jeringa
Cacharro: Cooker, cuchara, recipiente donde se prepara la dosis
Chiva: Heroína

20 May 2007

Chiva, Cuete y Cacharro (Parte 2)

Para un “tecato” la casualidad y la heroína son el pan de cada día, su rostro dibuja una sonrisa incrédula y segura de sí mientras lucha por mantener una cara escurridiza en el sudor del medio día; los párpados caídos, la voz arrastrada, el constante cabeceo, un rostro relajadamente triste y fino, agrietado por el sol.
Martina siempre se queja de dolores, los demás acostumbrados a sus lamentos han pasado de la conmiseración al desinterés, nadie le hace caso. Todos cuentan anécdotas de ella, le dicen sin recato "la bruja", nadie sabe a ciencia cierta si lo es, aunque tampoco nadie niega su parecido a las devotas de los aquelarres. Se dice de ella que se atiborra de piedrecillas el cabello como si fuesen piojos, quizas para entretenerse mientras espera al bueno. Otros comentan que suele subirse a los urbanos a pedir limosna hasta que la gente se harta del mismo cuento; se dice que es bueno el performance, desde lágrimas hasta jalones de pelo -toda una catarsis- y aunque fuese verdad lo que dice en el parloteo sobre sus tres hijos abandonados, y su cuerpo roto y hambriento, toda la ganancia la destina a la chiva. Dicen que hace fortuna retozando de alegría con su gramo o sus papeles - “eso si, nunca te deja abajo...”- continuará.
Algunas situaciones y nombres han sido modificados de su esencia real, sin embargo, la trama es verdadera.

17 May 2007

Chiva, Cuete y Cacharro (Parte 1)

Haipo o Tecato es como se les llama también en Sonora a los usuarios de Heroína.
Lo que logra ver el transeúnte en ellos es su atrevimiento en el vestir bajo los cánones de una gala ropavejera: camisas de manga larga -independientemente del clima- y pantalones roídos por los grillos y el tiempo; nadie podrá negar que son tercos en su manera de ser hasta la saciedad, expertos en conseguir lo que tanto desean, cosa fina.
La semblanza en sus rostros es solo una parte de la historia, un gesto con dos caras a la vez, el de la tristeza y el de la felicidad el ícono del teatro... de la crueldad acaso.
Al vecino le invade el temor después del fisgonéo, lo que provoca ver un rostro tan pálido con aureolas marcadas orbitando alrededor de los ojos... los ojos de la muerte que se posa... tus ojos.
Se les ve a ratos ansiosos y hábiles en el talón; a ratos moribundos, haciéndose agua en el “moquito de la muerte”, resfriados, febriles; otros ratos tan coquetos y en la gritona haciendo alarde con la estrofa y el verso propios del argot: “Que le vamos a asar si es puro hueso”.
Se congregan en bandas que saben en el fondo que la carga nunca se compartirá, quizás entonces no haya amistad más sincera cuando solo se comparte -sin hablarlo jamás- la pena... y la soledad para abatirla.
Más vale pues, arreglárselas por uno mismo para entrar y salir de este “dulce infierno”.